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El desorden llamado síndrome Dravet, generalmente comienza con ataques de epilepsia a los seis meses de edad. Estos niños tienen dificultades lingüísticas y motrices y problemas para relacionarse con otros.
Hasta el 80 por ciento de ellos reúnen mutaciones del gen SCN1A.
Anne McIntosh, del Centro de Investigación de Epilepsia de la University of Melbourne, y su equipo examinaron los registros médicos de 40 pacientes con el síndrome y la mutación genética, que habían sido vacunados contra la tos convulsa o pertussis.
El equipo dijo que el 30 por ciento de esos niños presentaron sus primeros ataques a los dos días de recibir la vacuna, pero los síntomas de su desorden no fueron peores que los de los otros pacientes que sufrieron sus primeros ataques más tarde.
"En alrededor del 30 por ciento de las personas, parece que (los primeros episodios) aparecieron bastante rápido después de la vacunación. Pero el mensaje general es que el resultado de los pacientes no difiere, más allá de si el inicio del desorden fue poco después de la vacuna o más tarde", dijo McIntosh.
"Estos niños ya portaban esa anormalidad genética; dejando de lado la relación con la vacuna, ellos hubieran experimentado el desorden de todos modos", agregó.
Las vacunas para niños pueden desatar la aparición temprana de una forma severa de epilepsia infantil, pero investigadores argumentan que el desorden es causado en última instancia por genes defectuosos y que los niños igual deben recibir las vacunas, que muchas veces salvan vidas.
El equipo de científicos enfatizó que “los bebés examinados hubieran adolecido de ataques a los pocos meses más allá de la aplicación de la vacuna.”
"No hay pruebas que las vacunas causen la aparición de la enfermedad”, remarcaron .
Los reportes que asocian las vacunas con cualquier tipo de desorden son siempre sensibles porque pueden hacer que los padres se nieguen a vacunar a sus hijos.
La falta de vacunación provocó el resurgimiento de enfermedades graves como paperas, sarampión y tos convulsa, en Gran Bretaña, Estados Unidos y otras partes del mundo.
El estudio australiano del equipo de McIntosh posee un precedente en una investigación previa que analizó si la vacuna contra la tos convulsa, que se da a los niños junto con las de la difteria y la fiebre tifoidea, pudo haber causado casos de encefalopatía.
Aquel estudio, liderado por Samuel Berkovic, del mismo centro universitario, halló que 12 de 14 pacientes con la llamada vacuna para la encefalopatía sufrían el síndrome Dravet. Once de estos 12 niños también contenían la variante genética del SCN1A.
En un comentario que acompañó al estudio, Max Wiznitzer, del Rainbow Babies & Children's Hospital, en Cleveland, Ohio, sostuvo que el trabajo de McIntosh fue "consistente con la conclusión de que el resultado es determinado por el desorden subyacente y no por la proximidad con la administración de la vacuna".
Wiznitzer, que no participó en el estudio, señaló que "una información y comunicación efectivas y precisas" podrían ayudar a mantener la confianza pública en las vacunas.