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Un buen estilo de vida y un mejor estado físico y anímico son las características salientes de las personas que saben alimentar ilusiones y esperanzas, conservan un buen carácter y una mirada positiva ante los acontecimientos diarios u extraordinarios que les toca vivir.
Quien inicia con confianza un cambio social (como puede ser un casamiento) y sabe proyectar sueños en torno a la nueva vida, refleja invariablemente el optimismo suficiente para lograr que su salud no se deteriore.
La esperanza es un estado anímico que se destaca por una visión positiva de la vida en general.
Si bien una parte de la realidad no siempre cubre las expectativas y puede llevar a la preocupación, la esperanza permite adjudicar al entorno otra dimensión que se aproxima a los propios deseos.
Si no falta esperanza, siempre los ojos conservan “un filtro positivo” que estimula la calidad de vida y la salud.
La gente optimista y predispuesta a disfrutar de momentos felices ( y que de hecho disfruta), tiene niveles más bajos de la hormona del estrés, que en cantidades altas genera: hipertensión, acumulación de grasa en el abdomen y el decrecimiento de las defensas.
Los conceptos hasta aquí expuestos provienen de un estudio efectuado por la University College London y en el que participaron más de 3.000 individuos.
Los expertos constataron que las mujeres con emociones positivas consiguieron la disminución de dos proteínas que se ocupan de advertir al cuerpo sobre la aparición de una inflamación general; esta última, al paso del tiempo, promueve el desarrollo de cáncer o enfermedades cardíacas.
Ya varias investigaciones anteriores confirmaron que las personas que encaran la vida con ánimo de ser felices, son proclives a una mejor salud que aquellas que padecen situaciones prolongadas de estrés y suscitan conductas pesimistas u hostiles.
Acorde a los resultados, el nuevo estudio, consecuentemente, indica que “el optimismo crea salud” y promueve un sano estilo de vida.
Asimismo, las emociones positivas -tal cual reafirmaron los especialistas británicos- se asocian, a partir de una medición de proteínas en sangre, con respuestas biológicas protectoras de la salud.
En este orden de cosas, fue la Fundación Española del Corazón, quien describió los rasgos bien definidos de la personalidad de un individuo con mal genio: hostilidad, irritabilidad, arrebatos, rabia inhibida, cinismo, suspicacia, desconfianza y actitudes bruscas.
En cuanto a su desempeño laboral, “el mal genio”, si bien demuestra un profundo sentido del cumplimiento, le es imposible la delegación de tareas; carece de aficiones fuera de su profesión, es incapaz de relajarse durante el ocio y suma un sentido de culpabilidad muy instalado cuando no hace nada.
El mal carácter da la sensación a la persona que lo sufre que no dispone de tiempo para hacer todo lo que pretende, o todo lo que cree que debe realizar; todo ello, conduce a que sostenga una aceleración negativa en la concreción de las actividades diarias y normales, por ejemplo: suele comer y andar apurado.
Otros rasgos que producen una mala salud son: el individuo no acepta la dependencia y se formula habitualmente: “por qué tengo yo que aguantar...”.
Precisa ubicar bajo su control y dominar múltiples situaciones externas, ya que en el fondo es inseguro e incapaz de decir “no” a las exigencias que lo desbordan; experimenta insuficiencia crónica, cierto fracaso, y una autoestima muy vulnerable por la misma autoexigencia exagerada que se impone; se acompaña de un exceso de aspirar a la perfección junto con un sentido de la seriedad en demasía, más un pensamiento maximalista (ley del todo o nada).
El mal genio es un auténtico riesgo para el corazón y el cerebro.
Superar el mal carácter permite atacar complicaciones cerebrales. Quien se enoja fácilmente, corre mayor peligro de un infarto cerebral, aunque no cuente con otros factores de riesgo.
Una evaluación de 14.000 sujetos reconoció que no es una novedad la relación entre una personalidad agresiva y el riesgo de incurrir en un infarto de miocardio.
El mal carácter es un problema sanitario que incide de manera directa en dos de los accidentes vasculares más graves: el infarto cerebral y cardíaco.