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Los familiares de enfermos mentales, y más aún cuando conviven con una persona esquizofrénica, bipolar o adicta al alcohol, toman la situación con ansiedad o depresión, o bien con ira, tristeza, culpa y hasta vergüenza.
Tampoco faltan los que prefieren ocultar, que es una manera de olvidar, el padecimiento de una persona tan cercana a sus afectos, o que alguna vez lo fue, escudándose en el argumento de que ignoran qué actitudes adoptar.
Lo cierto es que no deja de existir una demanda de hijos, padres, hermanos o parejas de individuos con trastornos mentales graves y/o crónicos o con adicciones, que precisan una ayuda concreta para enfrentar estas condiciones, al aducir «necesito ayuda, me encuentro mal, tengo una madre alcohólica» o «mi hermano es esquizofrénico».
Para afrontar la demanda, se constituye en un ejemplo la Unidad de Asistencia Psicológica de la Universidad del País Vasco (UPV), que puso en marcha un programa específico individual, confidencial y gratuito, a cargo de la terapeuta Rocío Polo, quien atiende en el teléfono 603543708.
El servicio se orienta hacia hijos, hermanos, parejas... para familiares en general, para cualquiera que conviva o haya convivido con el enfermo.
Los criterios de inclusión del programa especifican que quien muestra su voluntad de prestar ayuda a un familiar con estas complicaciones, debe comprometerse a mantener una relación próxima con el enfermo, ser mayor de edad y no padecer otro tipo de trastorno mental grave.
Es individual y consta de tres fases. En las primeras dos sesiones se explica en qué consiste el programa y se evalúan, en los allegados predispuestos a ayudar, sus síntomas y grados de ansiedad, de depresión y otras posibles anomalías.
Luego de constarse que los familiares reúnen condiciones para colaborar en la recuperación del enfermo, se les brinda diez sesiones de preparación, con el fin de desenvolverse eficazmente en el manejo de la situación de sufrimiento.
Se trata, entonces, de que comprendan mejor el problema del paciente y, a la vez, que aprendan a dominar la propia ansiedad o emociones como la ira, la tristeza, la culpa o la vergüenza, que son habituales.
Se les dota de herramientas para paliar el sufrimiento derivado de la convivencia con ese familiar enfermo.
Prosigue una tercera fase, que es la del seguimiento. Al finalizar el programa, Polo y sus compañeros de trabajo vuelven a evaluar cómo se encuentran los niveles de tristeza, ansiedad y otras circunstancias, realizándose estos análisis. al mes, a los tres, seis y doce meses.
Polo afirma que, lamentablemente, hay familiares que manifiestan: “Mi vida ha cambiado y se ha convertido en la enfermedad».
Todo ello es un llamado de atención que merece un tratamiento adecuado.
La especialista dijo ser optimista: “Cada vez la gente tiene menos estigmas a la hora de pedir ayuda a un psicólogo. Antes había muchísimas personas que se negaban a buscar apoyo.
Pero sí es verdad que la gente suele esperar a estar verdaderamente mal, porque también es natural que uno intente agotar sus propios recursos antes de acudir a un profesional.”
En general las patologías mencionadas recurren en una gran medida a los fármacos. Un trastorno duro como la esquizofrenia “no se puede tratar con psicoterapia únicamente”.
No obstante, la psicoterapia es duradera para otras deficiencias “porque las pastillas vienen a ser como un parche y si no se trabajan algunos aspectos personales hay una tendencia a recaer”, explicitó Polo.