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Los principales componentes de los garbanzos son los hidratos de carbono, siendo el almidón el más abundante. El aporte proteíco es importante, aunque presentan un déficit del aminoácido esencial: metionina.
Sin embargo, su contenido en lípidos es superior al resto de legumbres secas,
destacándose la posesión de ácido oleico y linoleico insaturados.
Brindan un gran aporte de fibra y su valor calórico es mayor que la media de las legumbres secas. Se destaca el elevado contenido de folato, vitamina B1, calcio, fósforo, hierro, potasio, magnesio, sodio y ácido fólico. No son aconsejables para dietas adelgazantes.
Debido a su riqueza en hidratos de carbono son adecuados para grandes esfuerzos y para enfermos diabéticos.
Por otra parte, corrigen la menstruación, con infusión de las hojas, y los abscesos, mediante la aplicación de cataplasmas.
Precisan de una buena masticación para que no sean indigestos.
Por su escaso contenido en sodio y un marcado efecto diurético, es factible su inclusión en dietas para controlar la hipertensión.
No obstante, hay que evitar los que se comercializan en conserva porque incorporan mucha sal.
Son idóneos en estreñimientos. Asimismo, reducen el colesterol.
No se recomienda para quienes acumulan gases o sufren colitis. En estas situaciones, hay que eliminarles la piel, luego de cocinados, para comerlos sin cuidado.
La combinación de garbanzos con trozos de pan y arroz proporcionan una proteína de excelente calidad.
Un plato de puré de estas legumbres otorga bienestar –según el profesor Carlos María de la Hoya, de la Unidad de Medicina de Familia de la Universidad de Sevilla, teniendo en cuenta que produce serotonina, una sustancia benefactora “que tanto cubre con creces el apetito como ayuda a dormir”.
El investigador añadió que “favorece la ovulación y que las mujeres queden embarazadas con mayor rapidez”.