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Cada vez es más común que los recién nacidos, o en los primeros años de vida, atraviesen por una recurrencia de episodios estresantes, que con el transcurso del tiempo acaban conduciéndolos a enfermedades aún graves.
Se altera su aparato digestivo y, sobre todo, se suscitan trastornos del sueño; baja su autoconfianza, la empatía y estado anímico, sumándose alteraciones de la memoria que terminan en inconvenientes de aprendizaje.
El llanto es uno de los principales signos de alerta.
Una revelación: una evaluación reciente del King's College de Londres hizo hincapié en que el feto, por la ansiedad y tensión de la gestante, es muy proclive desde su nacimiento a que el asma se desencadene en su infancia; igualmente, es mayor la probabilidad de hiperactividad y déficit de atención.
En los últimos años, diversas investigaciones destacaron que alteraciones de las mamás en el ritmo cardiaco por estrés, repercuten en el ritmo cardíaco del feto.
Los bebés son capaces de desarrollar una respuesta anticipada al estrés en base a sus expectativas, específicamente en cuanto a cómo serán tratados por sus padres.
Aunque las situaciones estresantes no siempre son negativas, porque permiten al individuo mantenerse alerta y generar mecanismos de defensa, su reiteración, a largo plazo, es muy perjudicial para el niño con la probabilidad de un desarrollo anormal.
Los menores de seis meses que se consideran privados del amor de su mamá, en dos minutos aumentan los niveles de cortisol, hormona del estrés.
Esta definición partió de expertos en desarrollo infantil de la Universidad de Toronto, Canadá, quienes hicieron el estudio "Infant anticipatory stress" a mediados de 2010, el que se publicó en "Biology letters".
Los investigadores constataron que los recién nacidos se preocupan con temor de que la actitud de abandono de la madre se reitere, lo cual además confirma que los bebés recuerdan emociones no usuales.
Otra verificación fue, luego de evaluar a 30 mujeres y sus hijos, que aquellas que los miraron “con una cara neutra” por dos minutos, aumentaron su cortisol cuando jugaban y hablaban.
El grupo no ignorado por su mamá no trastocó sus niveles hormonales.
Experimentar estrés muy temprano en la vida se relaciona con depresión en la adultez.
Una investigación española "Estudio sobre el Estrés del Bebé", concretada en 2009, afirmó que en la actualidad los recién nacidos reúnen 50 veces más probabilidades de padecer trastornos depresivos, en comparación con quienes nacieron 15 años atrás.
Las cifras continúan creciendo. Las razones son: los cambios en el modelo social y familiar, el exceso de permisividad, la incomunicación y el estilo de vida inadecuado de los progenitores (exigencias, necesidades y ambición de estatus social).
Son muchos los factores influyentes después del nacimiento: el propio parto, enfermedades habituales (cólicos del lactante, flatulencia u otitis, entre otras), pañales húmedos o inseguridad, escasa o inadecuada alimentación, falta de cariño familiar con discusiones constantes entre los padres.
Lo habitual es que el bebé exprese el estrés llorando, moviéndose demasiado o manteniéndose muy quieto, durmiendo mal, manifestándose irritado y con muchas o pocas ganas de comer.
El estudio español remarcó que los bebés caen en la ansiedad, en algunos casos en la depresión, e inclusive en trastornos conductuales.
En las niñas prevalece la ansiedad y la depresión; los varones extreman reacciones agresivas, hostilidad y dificultad en las relaciones.
A los recién nacidos hay que respetarles sus seis estados de conciencia: cuando se encuentran tranquilos, en movimiento y mientras juegan; cuando duermen profundamente, cuando sueñan; si se hallan en somnolencia y durante el llanto.
La clave es que los padres sepan interpretarlos y no los interrumpan.
La falta de afecto más el estrés crean disfunciones neuronales que en la edad adulta es factible que lleven a la depresión.
Es contundente la conclusión de que el afecto es directamente proporcional con la capacidad de aprender y desafiar las circunstancias de la vida.
Ya el II Congreso Internacional sobre el Cerebro Humano, que se celebró en Roma en 2004, se hizo cargo de difundir esta realidad.
El estrés depende de cuánto lo origina, pero existen recomendaciones indispensables a seguir:
Crearle al bebé una rutina horaria, distribuirle las horas de la comida y los tiempos de descanso; combinarle momentos para que se acompañe de pares o juegue solo; sostener un ambiente familiar donde no abunden peleas ni gritos.
Brindarle una alimentación conforme a sus necesidades reduce sus niveles de estrés, mejora su ánimo y lo relaja; a la vez, favorece su sistema inmunitario.
Por otra parte, la lactancia materna es inmunoreguladora contra los malestares mencionados.
El estrés en las embarazadas es más fácil combatirlo si se descubre su causa.
De todos modos, ayudan estos procedimientos: mantener una dieta equilibrada, practicar ejercicio rutinario, evitar el alcohol y el tabaco, establecer comunicación con la familia, amigos u otras embarazadas, descansar, y consultar con un médico todo aquello que le suscita malestar para que él fije el tratamiento correspondiente.