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El cambio real de vida que significa someterse a una intervención de by pass gástrico, no sólo arrastra un riesgo físico sino también psicológico, dependiendo por supuesto de las características y capacidades o deficiencias emocionales de cada persona.
Se ven pacientes con trastornos alimenticios, como la anorexia, con depresión o crisis de identidad, luego de la operación, manifestó la psicóloga del Centro de Atención de la Obesidad de la Red Salud UC de la República de Chile, Cecilia Barros.
Para evitar las consecuencias los pacientes deben prepararse antes, durante y después del procedimiento.
Barros destacó que el riesgo psicológico “es mayor en pacientes vulnerables, que han tenido una depresión, o que están viviendo una situación compleja y son más frágiles en términos de personalidad, por eso es tan importante la preparación, sobre todo pre quirúrgico, algo que a la gente le cuesta entender, porque quieren operarse ya”.
La especialista explicó que la cirugía es un cambio muy drástico e implica un nivel de estrés importante, “hay mucha preocupación, muchos cambios y si la persona no está bien previo a la cirugía, corre el peligro de desestabilizarse después.
Pueden haber múltiples factores para que un sujeto se deprima y en el caso del by pass se da un cambio violento, en especial cuando la comida asume un rol que no le corresponde y no se consigue una regulación emocional.” señaló la médica, añadiendo que entonces, la gente “come cuando está triste y comer le calma, come cuando se siente sola y cuando le quitan el sostén del equilibrio emocional y se desestabiliza”.
Según Barros, es muy importante informar y preparar al paciente, antes del by pass, con estrategias que lo tornen capaz de manejar emociones.
También se refirió a cambios acostumbrados que surgen en los primeros meses posteriores a la operación, “es normal que la persona pueda estar irritable porque efectivamente está sometido a un estrés considerable y no siempre el entorno ayuda”.
A veces se observa una presión difícil de sobrellevar y se precisa la evaluación de un psiquiatra.
La idea de Barros es que se conforme un equipo multidisciplinario, de preparación antes y después. Incluso, considera que el paciente no debiera disponer de un alta, sino que debería “ver a un especialista de por vida una vez al año”.
La anorexia o bulimia (el rechazo o la incorporación excesiva de alimentos), serían efectos de un tratamiento incompleto para individuos a los que se les realizó esta cirugía.
Es así porque el trastorno alimenticio que sufrían anteriormente, al usar la comida como una forma de equilibrar emociones, puede repetirse de otra manera, dado que las dos conductas poseen un origen psicológico y no físico.
“Hay quienes plantean que la obesidad es un trastorno alimentario y, en algunos casos sí lo es, aunque hay gran cantidad de pacientes que tienen una relación con la comida bien patológica, que se observa a través de atracones, o actitudes compulsivas como comerse un chocolate entero por las noches. Cuando hay un trastorno previo, puede pasar que después de la cirugía aparezca con otra modalidad y esto sucede si el paciente no cuenta con un apoyo psicológico”.
El mayor peligro: expectativas
La gente con esta operación aumenta sus expectativas, piensa que cambiará su vida por completo y que entrará únicamente en la senda del éxito.
“Caen en expectativas irrealistas y desmesuradas, cuando precisa un trabajo psicológico para ver “qué logrará y qué no”. Además, muchas veces los problemas son ajenos al peso físico.
Existen experiencias previas; “por ejemplo, un miedo al compromiso afectivo se esconde detrás de la obesidad y una vez superado, la persona no tiene excusa para intentar la constitución de una pareja. En situaciones extremas, el paciente recurre al suicidio por una imposibilidad propia de adecuarse a la nueva realidad”.