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Falsos conceptos se han echado a rodar –y que muchos aceptan sin preocuparse por discutirlos- respecto a la actividad sexual en la tercera edad.
El deseo es algo que naturalmente acompaña al ser humano, sin importar los años de vida.
La ternura y el amor refieren a una estupenda vida sexual. Es cierto que en la edad madura la actividad coital no es la misma que en la juventud. Sin embargo, existe el disfrute que “hasta llega a ser más satisfactorio” porque ya no existe la obsesión a la concepción.
Por otra parte, si bien la erección tarda más en producirse, ocurre un proceso similar en la eyaculación, lo que prolonga el goce y los recursos para conseguirlo.
Es un signo de salud y vigor que las parejas de mayores mantengan relaciones sexuales con regularidad, sin que resulte demasiado relevante su frecuencia.
Se disponen de estudios que confirman que el interés sexual persiste en un 72% de los hombres y e un 65% en las mujeres, durante la sexta y séptima década de la vida.
Los médicos aseguran que se debe realizar actividad sexual porque es saludable física y psicológicamente.
Además, el sexo no es sólo el coito, sino que hay otras prácticas que aportan plenitud. En la tercera edad lo único que deben cambiar son las formas de encauzar un deseo siempre latente.
La excitación es más lenta y la sensibilidad en la zona genital disminuye: se percibe un retraso en la respuesta ante estímulos visuales y tácticos, lo que requiere una estimulación más prolongada para lograr la erección. Por otro lado, el varón experimenta una disminución de la hormona masculina testosterona.
El tiempo de firmeza es menor y cuesta volver a otra erección tras la eyaculación; se reducen la fuerza de la erección y la cantidad de semen expulsado.
Decrecen el esperma y el tamaño testicular, mientras que aumenta el tamaño de la próstata.
La baja de estrógenos, disminuye la elasticidad de la vagina; menor lubricación y mayor tendencia a la sequedad puede causar irritación en el coito, si la fase previa a la penetración no es suficientemente prolongada y eficaz para lubricar.
Necesitan una mayor estimulación previa porque se reduce la sensibilidad de los órganos genitales.
Sus orgasmos son menos intensos y más cortos y es improbable que se repitan.
Se achica el tamaño del útero y de los ovarios y la vagina se acorta o estrecha.
Así como hay enfermedades que interfieren con la respuesta sexual, como la diabetes, hipertensión y las que perjudican el sistema metabólico y endocrino,
están algunas extremadamente graves –cardíacas y pulmonares- que no atentan contra el desempeño sexual.
El infarto, transcurrido dos meses de tratamiento, no es motivo para evitar relaciones sexuales con el temor de producir uno nuevamente.
Se comprobó estadísticamente que la gente que sufrió un infarto es capaz de reiniciar su vida sexual, mantenerla con el mismo ritmo y frecuencia anterior a la lesión, y hasta disponen a su favor de menos posibilidades de infartarse que las personas que no mantienen sexo.
Fuente: Consumer Eroski