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Sorprende a los científicos la cantidad de adolescentes que perdieron algo su audición – cerca de uno de cada cinco- y que el problema avanzó más de lo esperado en los últimos años.
Asociaciones de expertos vienen recomendando que los adolescentes disminuyan el volumen de los reproductores musicales, dado que lesionan el pabellón de la oreja, mientras que llegarían a provocar inconvenientes en la escuela y la necesidad de utilizar audífonos con el paso de los años.
"Nuestra esperanza es convencer a la gente que tome cuidado", dijo el autor principal de un estudio al respecto, el doctor Gary Curhan, del Hospital Brigham and Women en Boston, afiliado a Harvard.
Investigadores estadounidenses de un nuevo estudio analizaron datos sobre jóvenes de 12 a 19 años. Compararon la pérdida de audición en casi 3.000 niños evaluados en 1988-94 con casi 1.800 en el período 2005-06.
La mayoría de los casos se afectaron con pérdida "ligera", definida como la incapacidad de oír de 16 a 24 decibeles, equivalentes a sonidos como un susurro u hojas secas arrastradas por el viento. Un adolescente con estas características, se incapacitaría para oír una gotera o la voz de su madre si habla bajo.
Esta situación, sólo en Estados Unidos, perjudica a unos 6,5 millones de niños.
Los que padecen merma leve "oirán claramente el sonido de todas las vocales, pero no captarán algunos de los sonidos de las consonantes" como t, k y s, sostuvo Curhan, conductor de la investigación.
"Pese a que escuchen una palabra hablada, podría ser totalmente inteligible", advirtió.
Si bien los especialistas no culparon al iPod ni a ningún otro artefacto, encontraron un aumento significativo en la pérdida de audición de alta frecuencia, que a su juicio podría indicar que el ruido fue el causante del problema. Citaron un estudio australiano de 2010 que vinculó el uso de artefactos personales a un incremento del 70% en el riesgo de audición disminuida en los niños.
El estudio se basó en datos del Sondeo Nacional para Examinar la Salud y la Nutrición efectuado por una rama de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades. Los hallazgos se publicaron en la revista de la Asociación Médica Estadounidense.