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Quienes no acostumbran a desayunar argumentan, en general, que los alimentos “no les caen bien” en la mañana, o que tienen que salir con apuro de su casa. Estos comportamientos son un error que paga caro el cuerpo.
Además, conviene advertir que tampoco es lo mismo (y repercute negativamente en el organismo) tomar un desayuno a la media hora u hora después de levantarse, u optar por un almuerzo a media mañana.
Beneficia intelectualmente mientras se evita el daño físico del ayuno.
Al levantarse, las neuronas buscan glucosa en sangre. Si falta, el cuerpo recurre al hígado. En 45 minutos, ante la ausencia de glucosa por la falta de incorporación de alimentos, la cortisona indica que se haga uso de las células musculares, los ligamientos de los huesos y el colágeno de la piel.
Así trabajará la cortisona hasta que se ingieran alimentos.
Se suceden, de este modo, dos consecuencias. Por un lado, el organismo ante la necesidad de alimentos, se come sus propios músculos y la persona pierde su tono muscular.
Por otra parte, el cerebro activa todos los sistemas de emergencia para acceder a la glucosa, y no puede ocuparse de las funciones intelectuales.
Al iniciar el día con ayuno, el metabolismo disminuye dado que el cerebro desconoce cuándo la persona comerá. El organismo adopta medidas restrictivas extrayendo la glucosa de donde puede.
Luego, si la el individuo almuerza, la comida es aceptada como excedente, se desvía hacia la grasa de reserva y éste engorda.
La razón de que los músculos sean los primeros utilizados como combustible de reserva en el ayuno matutino se debe a que en las horas de la mañana predomina la hormona cortisol, que estimula la destrucción de las proteínas musculares y su conversión en glucosa.
Fuente:
Dra. Daniela Jakubowicz (Endocrinóloga venezolana)