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Muchas veces las oportunidades llegan ante nuestra mirada, pero no sabemos aprovecharlas; arriban en forma de personas que nos sonríen o nos muestran una cara muy seria. Gente a la que amamos o por la que sentimos rechazo. Gente a la que creemos conocer, aunque desconocemos. Extraños que nos conmueven con un gesto en la calle. Personas que nos extienden la mano y otros que prefieren metérselas en el bolsillo antes que saludarnos.
Todas las opciones aparecen frente a nosotros, y vamos seleccionando a las personas; dejando de lado a las que no nos interesan. Olvidamos a veces que en la vida podemos tener "profesores" de diversos estilos, que nos ayudan a ejercitar palabras como paciencia, compasión y humildad.
El otro es un universo particular, al cual podemos visitar y hasta dejarle impresiones positivas. Pero eso sólo será posible si por un instante respiramos con el otro, estamos en comunión con el otro y dejamos de juzgarlo. Ahí empezamos a conocerlo, y es sólo en ese momento que comienza un intercambio positivo, cuando no intentamos imponer nuestra verdad, y escuchamos más de lo que hablamos.
Podemos donar tantas cosas a quienes se cruzan en nuestro camino, como hacernos los indiferentes o, por el contrario, ofrecer una señal de presencia; esto último implica disponibilidad para con el otro, entendiendo que cada gesto tiene un significado especial, y preguntándonos qué es lo mejor que podemos hacer por nuestros semejantes.
Cuál es la impresión que doy a las personas.
Si estoy irritado y estresado y me descargo en los otros.
Cuántas lamentaciones he derramado en los oídos de los amigos.
Cuánto tiempo dediqué a comentar las noticias tristes que salen en los diarios o la TV.
Cuánto tiempo de mi vida he invertido en demostrar amor y alegría a las personas.
Si soy capaz de ser amable con un desconocido.
Si el amor es lo que prevalece entre las cuatro paredes de mi casa.
Si puedo sembrar virtudes en otras personas.
Si escucho al otro, aún cuando crea que está equivocado.
Si soy recordado por lo que hice o dejé de hacer; por haber abandonado a las personas que más amaba, o por estar junto a ellas cuando más lo necesitaban.
Si detengo el ritmo para celebrar la vida, comparto tiempos con los seres queridos y los hago crecer a mi lado.
Qué podría hacer por quienes herí o me hirieron.
Si alcanzo a olvidar las culpas y a los culpables.
Si es posible superar mis propios límites y los bloqueos del corazón.
Si agrando los límites de mi visión y veo más allá de mis ojos.
Si puedo ir más lejos que mis piernas.
Si me deshago de las costras íntimas de la amargura y me renuevo con alegría, dejando los fragmentos en el camino, para reasumir la totalidad de mi corazón.
Fernanda Lopes de Luzia
Especialidad: Terapeuta especializada en calidad de vida