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El estrés en innumerables ocasiones hace que se exhiba todo lo que llevamos dentro: una parte que no creció a su debido tiempo y se conservó rezagada por ausencia de amor o comprensión.
Cargamos con información de siete generaciones
Por lo menos poseemos la información de siete generaciones anteriores y nos vemos influenciada por ella; en tanto, asimismo, influimos a otras siete generaciones hacia delante, indica la profesional en dos libros de su autoría Destapa tu olla estrés y Botiquín para un corazón roto, entre otros.
Culpa de los padres
No se puede inculparlos directamente a nuestros padres, en general “realizan lo mejor que pueden”, aún cuando no nos resulta posible descartar los problemas que arrastramos desde la infancia.
Esto es así, porque muchas veces ellos son el resultado de las conductas que sus propios progenitores ejercieron con un predominio negativo.
Hay que liberar el dolor interno
Existe la solución: aprender a apreciarnos, es decir, que nuestra adultez cobije y proteja a ese "niño interior herido" que no supo crecer, o quedó a un lado, ante la falta de amor o de comprensión.
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Cobijar significa revisitar, retomar y transformar al chico lastimado que hemos sido en el transcurso de los periodos de crecimiento; entonces, mantuvimos –lejos de pretenderlo- emociones bloqueadas que “tal cual una caja de Pandora” se dan a luz inesperadamente en circunstancias estresantes.
Cuando el niño toma las riendas del adulto
Es frecuente que el estrés produzca “una pataleta de un menor de escasa edad” sin que se reconozca la razón, y todo es debido a que las heridas infantiles conducen las riendas sin dar espacio al adulto que ya somos, afirma la profesional.
La clave está en la infancia
En la infancia reside la clave para entender por qué somos como somos, qué nos hace pensar, sentir y actuar de determinada manera y no de otra al estresarnos, y descubrirla es importante, atrayente, y asusta.
La máscara que nos ponemos al salir a la calle
El "niño interior" no solo representa sino igualmente continúa conformando nuestro auténtico ser, ubicándose detrás de la máscara que nos colocamos para salir a la calle y que es –aunque no queramos admitirlo- nuestra real personalidad.
Sucede que hemos subsistido estancados en esa criatura herida que no recibió lo necesario para crecer de modo adecuado y que imposibilitó el desarrollo del potencial que todo humano tiene dentro.
El arreglo está en visualizar, un trabajo interior y medicación
Si bien hay gente que descree que las dificultades de su infancia y sus consecuencias no se arreglarán (algo que Cadarso dice que responde a la psicología antigua), en la actualidad, se mueven cambios positivos con la neurociencia, a través de visualizaciones, trabajo interior y el consumo de medicación.
A todos nos ha faltado algo en la infancia
La autora reconoce que muchas personas adultas se salvaron de dramas profundos, e inclusive del suicidio, por la presencia de un abuelo, una cuidadora o un profesor que prestaron su atención en ellas en sus primeros años y más que sus padres.
Pero si bien algunos piensan que gozaron de una infancia feliz, siempre hubo un desencuentro entre la necesidad y lo que se ha obtenido, y depende en qué cantidad lo hayamos padecido.
No obstante, a pesar de que invariablemente acumulamos deseos y carencias, no corresponde trasportarlos como una condena.
Es cuestión de borrar el dolor
Cuando se logra liberar el dolor que asedió al niño interior, es muy factible “conectarse” con el “niño interior auténtico” y generar todo el potencial que siempre está adentro y no cargar al pasado en el presente como una traba, un lastre.