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Los niños con mayor capacidad intelectual tendrían menos factores de riesgo cardíacos en la edad adulta.
Varios estudios han asociado un coeficiente intelectual (CI) infantil alto con una mejor calidad de la salud en la adultez y mayor expectativa de vida, aunque hasta ahora no se habían verificado los motivos.
Nuevos aportes acaban de ser publicados en American Journal of Public Health, luego de una investigación llevada a cabo por el equipo de Chris Power, del University College de Londres, en el Reino Unido.
De acuerdo al estudio, el ambiente temprano, desde el útero materno, determinaría la capacidad intelectual infantil y el riesgo de enfermedad en el largo plazo.
Por otro lado, se comprobó que la capacidad infantil modifica la probabilidad individual de conseguir un mejor trabajo o adoptar un estilo de vida saludable en la edad adulta.
Los nuevos resultados sugieren que la inteligencia infantil contribuye a la salud cardíaca en el largo plazo, al influir la educación, el trabajo y los hábitos saludables.
Se analizaron datos de 9.377 adultos británicos controlados desde su nacimiento, en 1958.
A los 11 años, fueron sometidos a un test de inteligencia general y de matemática y capacidad verbal. A los 45, se midieron los factores de riesgo cardíaco, como la obesidad y presión, azúcar en sangre y colesterol altos.
Los autores hallaron una correlación entre la inteligencia en la niñez y los niveles de presión, glucosa y peso en la adultez, aunque los efectos fueron leves. Por ejemplo, por cada aumento del desvío estándar de los resultados de los test, la presión sistólica (máxima) bajó medio punto.
Luego, el equipo analizó varias situaciones que podían explicar la relación con una vida mejor, tales como la clase social en la infancia (según el trabajo paterno) y el peso al nacer, que ejercen influencia positiva sobre el desarrollo infantil y la salud adulta.
No se constató modificación entre la inteligencia infantil y la salud cardíaca futura.
Sin embargo, al considerar los hábitos en la adultez, la educación y la obtención de trabajo a los 42 años, el vínculo entre la inteligencia infantil y los factores de riesgo cardíaco se debilitó significativamente o desapareció por completo.
El estilo de vida adulto (fumar, hacer poco ejercicio regular, no optar por frutas y verduras y preferir comidas grasas) fue especialmente determinante.
Para el equipo, la inteligencia en la niñez, a través de logros educativos y la obtención de buenos trabajos, mejoraría el acceso a la salud en la edad adulta, la posibilidad de cumplir con los tratamientos, a la vez que disminuiría la exposición a ambientes peligrosos.
Estas condiciones predisponen a adquirir mayor información relativa al
“conocimiento sobre salud" en la adultez, es decir, la capacidad de comprenderla y ponerla en práctica.
Así, en materia de enfermedades cardíacas, el equipo concluyó que un alto coeficiente intelectual vuelve proclive a la persona a no ubicarse en la vida frente a riesgos potenciales; aunque cada persona, finalmente, puede en forma deliberada adquirir hábitos insalubres que terminen perjudicando el buen pronóstico.
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FUENTE: American Journal of Public Health,