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Una herida es una lesión que atenta contra la integridad de los tejidos blandos: piel, músculo, tejido subcutáneo, órganos blandos, tendones, nervios, entre otros.
Se producen por agentes externos (vidrios, piedras, cuchillos, etcétera) o internos (huesos fracturados). No siempre son abiertas, las hay cerradas como los hematomas.
Existen heridas abiertas que requieren una rápida atención porque generan hemorragia y peligro de infección; ambas condiciones crean problemas mayores que inclusive llevan a la muerte.
Cualquier persona con la ayuda de ciertos elementos puede curar una herida leve; pero, si es grave, hay que recurrir de inmediato a un servicio médico.
Se debe ejercer una presión directa sobre la herida con una gasa y cuando ésta se llena de sangre, dejarla en el mismo sitio y colocar otra. Este procedimiento hay que realizarlo para que se forme un coágulo.
El segundo paso consiste en elevar la extremidad lastimada con lo que se reduce el flujo sanguíneo y se corta la hemorragia más fácilmente.
Cuando se ha controlado la hemorragia, los comportamientos a seguir son los siguientes:
1. irrigar la herida con agua o una solución estéril (preferentemente);
2. lavarla con jabón neutro o quirúrgico, y efectuar un enjuague conforme a la indicación primera (uso de agua o solución estéril);
3. desinfectarla con yodo, coloide de plata u otro antiséptico y luego enjuagar de nuevo; nunca utilizar alcohol, ya que puede afectar más los tejidos;
4. cubrirla con una gasa estéril y esperar que la herida comience a cicatrizar.
Fuente: Casa de la Cultura de Benasque, doctor Fernando Desportes, España