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Las sensaciones de inestabilidad, miedo, desesperanza y angustia pueden desembocar en el desarrollo de cuadros depresivos.
El doctor Luis Hornstein, médico psicoanalista, presidente de la Fundación para el Estudio de la Depresión (FUNDEP) de la Argentina, distinguido con el premio Konex de platino en la categoría Psicoanálisis, edición 2006, y autor del libro publicado por Paidós ese mismo año: "Las Depresiones".formuló precisiones al respecto.
El paciente depresivo oscila intensamente de la autoestima a la desesperanza, las alternancias en el estado de ánimo, la apatía, la hipocondría, los trastornos del sueño y del apetito, la ausencia de proyectos, la crisis de ideales y valores, las disfunciones sexuales, las adicciones y los trastornos corporales.
Posee una visión pesimista de sí mismo y del mundo, con un marcado sentimiento de impotencia y fracaso. Por eso, por lo general sus días transcurren como una sucesión de rutinas y pesares, sin presencia ni indicios de los pequeños estallidos de alegría que puede experimentar una persona que no sufre este cuadro.
En tanto merman progresivamente la energía y el interés, crecen la culpa, las dificultades de concentración, la pérdida de apetito y los pensamientos de muerte o suicidio.
Se alteran las funciones cognitivas, el lenguaje y las funciones vegetativas (como el sueño, el apetito y la actividad sexual), situaciones que a su vez afectan el desempeño social, laboral e interpersonal.
Ante el agobio, el paciente dice: "no tengo futuro", "no tengo fuerzas", o "no valgo nada".
Existe un amplio rango de humores y un notable repertorio de expresiones afectivas. Los pacientes con un ánimo elevado (manía) muestran expansividad, fuga de ideas, insomnio e ideas de grandiosidad; mientas que aquellos con humor deprimido y pérdida de interés empeoran su rendimiento escolar o laboral y disminuyen el grado de motivación.
Los principales motivos de consulta son los cambios de ánimo y las manifestaciones somáticas, pudiendo clasificarse –según el especialista- en tres categorías.
La primera, está dada por las modificaciones del estado de ánimo y la afectividad, y sus indicadores prioritarios son la tristeza, la baja autoestima, los autorreproches, la pérdida del placer y el interés, la sensación de vacío, la apatía, la ansiedad, la tensión, la irritabilidad y las inhibiciones.
Luego, la concentración disminuye, aparecen la indecisión, la culpa, el pesimismo, la crisis de ideales y valores y los pensamientos suicidas.
Por último, sobrevienen las manifestaciones somáticas:insomnio, hipersomnia (intensa somnolencia durante el día), aumento o disminución del apetito, baja del deseo sexual, dolores corporales (cefaleas, lumbalgias, dolores articulares) y síntomas viscerales (sobre todo gastrointestinales y cardiovasculares).
En el primer caso, la persona siente que es incapaz de hacer frente a la mayor parte de sus actividades cotidianas.
En el segundo, se suman dificultades para mantener esas actividades, para concentrarse, para tomar decisiones. Los errores laborales se hacen más frecuentes y pierde autoestima.
La grave, daña casi por completo el día a día de la persona, puesto que darse un baño o ir al trabajo se convierte en una tortura; aparecen ideas de suicidio y/o tentativas.
Algunas enfermedades como los accidentes cerebrovasculares, las cardiopatías, el cáncer, las anemias, la enfermedad de Parkinson, los trastornos hormonales y las infecciones virósicas generan depresión.
Por otro lado, las enfermedades que habitualmente se asocian a este trastorno son el síndrome de colon irritable, la fibromialgia (dolores musculares intensos), el síndrome de fatiga crónica, la insuficiencia renal y las enfermedades autoinmunes.
La mortalidad a los diez años de los pacientes que han sufrido un ACV es 3,4 veces mayor si están deprimidos que si no lo están.
Algo similar ocurre con patologías como el infarto de miocardio, la hemorragia subaracnoidea, la embolia pulmonar y la hemorragia digestiva alta. En estos casos, la posibilidad de fallecer alcanza el 47 % en las personas deprimidas y el 10 % en las no deprimidas.
Se habla de depresiones enmascaradas cuando la alteración del estado de ánimo no se expresa a través de síntomas psíquicos como puede ser la tristeza, sino a partir de alteraciones fisiológicas como la anorexia, la astenia, los dolores musculares, las cefaleas, el insomnio y la pérdida de peso.
Así, cerca del 50 % de los episodios depresivos mayores no se detectan, ya que el estado de ánimo depresivo es menos evidente que otros síntomas.
Se enmascaran los conflictos conyugales y familiares, el ausentismo laboral, el bajo rendimiento escolar, el aislamiento social y la falta de motivación.
Pocas veces el varón expresa la alteración del estado de ánimo a través de la tristeza, la labilidad emocional o la ideación depresiva. Por eso su depresión puede pasar inadvertida.
Son más incapaces de identificar las emociones propias y, por lo tanto, de expresarlas con palabras. Sólo mencionan los síntomas físicos de su malestar. En concreto: la depresión masculina suele enmascararse..En los últimos 40 años, la tasa de suicidio entre hombres ha sido cuatro veces superior a la de mujeres.
Un eje de trabajo clave es el concepto de autoestima, donde desembocan: la infancia, las realizaciones, la trama de relaciones significativas, los proyectos (individuales y colectivos).
Lo farmacológico alivia, pero es precisa la terapia, sobre todo cuando se relaciona la depresión a los duelos y traumas devastadores que hacen zozobrar vínculos, identidades y proyectos.