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Una autoexigencia desmedida más el afán de hallar la perfección en cualquier aspecto de la vida conducen a la angustia, agotamiento físico y mental, y hasta a un fuerte cuadro de estrés.
Se trata de gente que sostiene un alto nivel de aspiración que la liga a un estado permanente de ansiedad, tensión y una posterior angustia y frustración. Todo ello hace que sufra un malestar significativo y su comportamiento condiciona su vida familiar, afectiva y laboral. Este concepto fue formulado por la licenciada Silvana María Kovacic de la Escuela de Psicología Social de la Universidad de Quilmes, Argentina.
La salud se arruina porque se agrega el hecho de que a un autoexigente le es imposible delegar funciones, se sujeta a una previsión constante y a la planificación de todas las situaciones por lo que acaba cancelando el descanso, el ocio y finalmente resigna el tiempo que debería dedicar a las relaciones sociales.
Según Gisela Holc, psicóloga especialista en trastornos de ansiedad de la misma casa de estudios, el individuo perfeccionista adopta la costumbre de fijarse objetivos tan altos que generalmente son difíciles de concretar; dedica a sus fines un tiempo excesivo y entra en un alto grado de tensión.
“Quien lo padece no suele darse cuenta de lo desmesurado de sus objetivos, pero sus familiares y amigos íntimos sí lo notan”, explicó.
El autoexigente ejercita permanentemente la autocrítica. Siente que siempre le falta algo, que nada es suficiente, así, distorsiona su perspectiva de la realidad, al punto de que aplica un mecanismo selectivo que hasta minimiza sus aciertos.
La autocrítica y exigencia excesiva sucede en ambos sexos y en diferentes edades, sobre todo se observa en personas que ven disminuida su autoestima.
Las expertas recomiendan que es indispensable aprender a evitar la frustración, ya que cuando no se alcanzan las metas previstas, se cae en emociones asociadas al enojo, la rabia, la agresividad e irritabilidad.
Si las emociones se interiorizan dan lugar a patologías tales como el síndrome de colon irritable, migrañas, hipertensión, o fatiga crónica.
Hay causas específicas: aparecen mandatos relacionados al “deber ser” que se constituyen en “los debería”.
Ejemplos: “debería haber estudiado más, debería haberme dedicado más, debería haberme concentrado más”.
La persona intenta satisfacer estos mandatos en todo lo que realiza, e ignora las señales de cansancio y tampoco reconoce sus propios límites frente a la realidad.
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Los factores que influyen se vinculan con el temperamento, la historia personal y el contexto que predispone a “ser autoexigentes”.
”Se obligan a actuar cada vez mejor y buscan la aprobación y el reconocimiento de los demás, llevando también el rol de `juez de los otros”, remarcó Holc.
Pese a la serie de inconvenientes que crea la autoexigencia, muchas veces el contexto social incurre en el error de calificarla como una virtud y un rasgo positivo, atribuyéndole méritos a la voluntad de superación, a la búsqueda de la eficacia y al progreso del crecimiento personal.
Con estos incentivos: el individuo se marca para sí una exigencia cada vez mayor, siempre pensando que su rendimiento “debe ser perfecto”. Entonces, una actitud que podría ser sana y hasta virtuosa, pasa a constituirse en patológica.