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Las mujeres embarazadas que consumen alcohol u otra sustancia tóxica -en el primer mes o en el último trimestre de gestación- aumentan el riesgo de que sus hijos, al iniciar la etapa escolar, presenten trastornos de hiperactividad, dificultades para prestar atención y controlar sus impulsos.
Toda bebida alcohólica ejerce influencia sobre la formación cerebral de los niños por nacer, aun si la futura mama toma escasa cantidad. Pero en casos de embriaguez y de profunda ebriedad las consecuencias nefastas se incrementan en el feto, afirmó el psiquiatra Carlos Ordoñez, jefe del Departamento de Adicciones del hospital Hermilio Valdizán de Lima (Perú) entrevistado por la Agencia Andina.
Numerosa bibliografía mundial, sobre todo surgida en los últimos 25 años, basada en investigaciones y seguimientos de hijos de madres que en su embarazo bebieron alcohol (que no deja de ser un tóxico) y/o consumieron sustancias tóxicas en general, arriba a las siguientes conclusiones:
muestran alto grado de inquietud;
son muy distraídos;
manifiestan déficit en la memoria;
algunos adquieren problemas de carácter social con limitaciones para estrechar vínculos con su entorno social, pares y adultos.
Estos chicos necesitan atención médica de un especialista y no deben ser estigmatizados por la familia y la escuela, ni menos aún recibir castigos de los adultos, advirtió Ordoñez.
Tratamiento, plan de salud mental
El trastorno de hiperactividad una vez diagnosticado, tras evaluar a padres e hijos, debe ser tratado tanto con intervención psicológica y/o psiquiátrica como educativa. En este último caso, es conveniente instruir a los maestros en pautas de comportamientos que contribuyan a ayudar a los menores.
También para controlar esta problemática existen fármacos que se suministran a partir de los 6 o 7 años. Se calcula que entre el 7% y 9% de la población escolar es hiperactiva.
La mayoría de los países europeos, al principiar el periodo escolar, practican una evaluación para descartar la hiperactividad y, si la detectan, los alumnos se ponen bajo tratamiento psicológico y/o psiquiátrico de acuerdo con cada caso en particular, mientras que los educadores están preparados para acompañar el plan de salud mental.
Síndrome alcohólico fetal y adicción en el feto
Por otra parte, existe el síndrome alcohólico fetal: el feto trae deformaciones morfológicas que se revelan al nacer, como la microcefalia, que “ocurre cuando la mama bebió grandes cantidades de alcohol en el curso de la gestación”, alertó Ordoñez.
Los niños con microcefalia nacen con una cabeza de tamaño reducido. A medida que crecen, desarrollan la cara normalmente pero su cabeza se conserva pequeña, la frente va en retroceso y el cuero cabelludo es blando y en general arrugado.
Ya en la primera infancia (que se extiende hasta los 5años de edad) la disminución del cráneo se torna más evidente y los cuerpos suelen reunir peso insuficiente y es factible que padezcan enanismo.
Si bien de cada mil nacimientos, este trastorno neurológico se da en menos del 1% de los bebés, es de tal gravedad que “toda embarazada tiene que asumir la responsabilidad de evitar la ingesta de alcohol -subrayó Ordoñez- porque este problema surge tanto si bebe regularmente, aunque sea en forma moderada, como cuando sufre de alcoholismo”.
Por último, precisó el psiquiatra que las dependencias a sustancias tóxicas pasan a los hijos por un gen que ya predispone al feto a convertirse en un adicto.