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Agentes químicos como los pesticidas, disolventes, gases anestésicos, derivados de los fatalatos (plásticos, poliéster), dioxinas, bisfenoles policlorados y productos derivados de la combustión de la gasolina, ejercen consecuencias sobre la salud, que se manifiestan con malformaciones en el feto.
Los genotóxicos son inductores de cambios en la salud reproductiva y en el desarrollo del feto.
En tanto, los disruptores endocrinos afectan tanto la salud reproductiva como el incremento de hormona de crecimiento y tumores hipofisarios; carcinogénicos, neurotóxicos, hipersensibilidad química múltiple, inductores de procesos autoinmunes y alteraciones de la inmunidad, provocando fatiga crónica y fibromialgia.
La vulnerabilidad de los seres humanos depende de la edad y del sexo. De la edad en el sexo femenino, porque el sistema nervioso central es más vulnerable durante su formación, en el crecimiento embrionario del feto y durante la primera infancia.
La decadencia del sistema nervioso en las personas mayores, se experimenta sobre todo a partir de los 65 años.
La influencia del sexo se debe a la diferencia de materia grasa del cuerpo de las mujeres, un 15% más que el de los hombres, lo que las convierte en un bioacumulador químico de las sustancias liposolubles.
Los productos que lesionan el sistema nervioso central se facilitan por hormonas y neurotransmisores del propio cuerpo, entre ellos los estrógenos, por lo que el cerebro femenino se ve más perjudicado que el de los hombres ante la misma cantidad de exposición química.
La carencia de reservas de hierro, de predominio femenino por la menstruación en edad reproductiva, vuelve más proclive al cerebro a absorber minerales nocivos y químicos ambientales.
Existen también diferencias en las condiciones de trabajo y en la división de tareas que hacen que las mujeres se hallen más expuestas que los hombres a agentes químicos potencialmente tóxicos.
Entre las madres expuestas a insecticidas en su lugar de trabajo se han ocasionado incrementos de prematuridad, abortos espontáneos, bajo peso al nacer, y niños con una disminución del perímetro craneal.
Asimismo, se ha descubierto un incremento de malformaciones congénitas, sobre todo de las genitales, con un aumento de testículos.
Crecieron los nacimientos con anencefalia (sin desarrollo de hemisferios cerebrales), de espina bífida, y malformaciones de paladar y de labio leporino.
Los insecticidas más usados, después de la prohibición del DDT, han sido los organofosforados y entre ellos los clorpirifos. Estos últimos, pueden alterar la evolución y funciones del cerebro de un bebé de manera específica y de forma permanente.
En concreto, los efectos de los organofosforados y de los clorpirifos se han relacionado con retraso en el desenvolvimiento neurológico, defectos en la proliferación y migración neuronal del cerebro fetal, desórdenes de la conducta, hiperactividad y alteraciones motoras.
Carme Valls-Llobet
Centre de Análisis y Programas Sanitarios (CAPS), España