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El equipo norteamericano conducido por el Professional Medical Center Kling midió en 281 pares de madre-bebé el índice de masa corporal (IMC). Evaluó a las mamás antes del parto, en tanto que analizó la sangre del cordón umbilical para determinar la cantidad de hierro en sangre de los chicos.
Los hijos de madres obesas (con IMC de 30 o más) resultaron - y en forma significativa- más proclives a experimentar bajos niveles de hierro, en relación con los de las embarazadas de peso normal.
"La obesidad podría ser uno de los factores de riesgo de la deficiencia de hierro en los neonatos, que aún no habíamos comunicado a la población general", anunció el centro médico.
En este aspecto, el establecimiento alertó de que hay que asegurarse de que la población lo sepa porque la deficiencia de hierro en la infancia está asociada con una alteración del desarrollo cerebral.
"Hasta los obstetras con los que se trabajan lo desconocen y, entonces, no controlan a las embarazadas varias veces durante el embarazo para tratarlas en caso de que desarrollen anemia", afirmó Kling.
De acuerdo a los argumentos de Kling: “los pediatras deberían empezar a controlar a esos bebés antes y con mayor regularidad que lo que recomienda la Academia Estadounidense de Pediatría, cuya indicación es controlar a los niños entre los 9 y los 12 meses de edad”.
Si se verifica esa deficiencia de hierro en los bebés, se los puede tratar de inmediato; hay evidencias de que si se identifica la falta antes de los 6 meses de vida, la recuperación del mineral en el organismo mejora la capacidad neurocognitiva del bebé, que no sufriría trastornos del aprendizaje como cuando la detección se realiza recién al primer año de edad, alertó Kling.