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Mientras que el estrés agudo dura en forma limitada, el crónico se prolonga en el tiempo con consecuencias sin resolución. Este último responde a una serie de situaciones altamente estresantes o a un solo hecho que el individuo no logra solucionar, tanto en el aspecto de los vínculos interpersonales, de pareja, familiares o laborales, lesionando de modo serio la salud física y/o psicológica.
En el área psíquica, la persona experimenta un pensamiento negativo constante y pesimista sobre sí mismo y su entorno, hasta llegar a la irracionalidad y a la ausencia de humor.
Además se ve afectada la intelectualidad y creatividad.
Cuando se cronifica el estrés, el paciente no tiene preocupación por su aspecto físico, se descuida, e incluso irrumpe en excesos: come o pierde el apetito desmedidamente.
Cae en el alcoholismo y/o drogas; en tanto, sexualmente, padece falta de deseo, disfunciones sexuales, sin orgasmo ni erección y eyaculación.
La cronicidad varía según cada sujeto, pero todos invariablemente poseen alguna alteración emocional, física y de comportamiento.
El alerta reúne las siguientes condiciones: reacción de huida o lucha que desencadena una suma de actitudes desfavorables en el desenvolvimiento físico y de comportamiento.
La resistencia, a veces, logra mejorar el cuadro, aunque la mayoría de la gente estresada permanece en un cuadro desfavorable.
La salud se compromete emocional y en el orden físico, acompañada de inconvenientes de empleo, contaminación ambiental, problemáticas interpersonales y presiones diarias.
La cronicidad sucede cuando invade toda la vida. Algunos ejemplos: un accidente grave o un desempleo prolongado.
Se vivencian sentimientos de impotencia, frustración, angustia, más síntomas físicos permanentes.
Debe ser diagnosticado y tratado según cada individualidad con la aplicación de técnicas orientadas a mejorar la calidad de vida y la dolencia permanente en todas las áreas.
Aumento de resfriados.
Incremento de exposición a problemas cardiacos, presión arterial alta, diabetes, asma, ulceras, colitis y cáncer.
Más azúcar en la sangre.
Mayor colesterol: hay una liberación de ácidos grasos en la sangre.
Se agregan niveles de corticoides.
Crece el peligro sanguíneo periférico y el mal funcionamiento del sistema digestivo.
Fuertes ansiedad y depresión, junto a incapacidad para tomar decisiones, concentrarse; y se agrega: sensación de confusión y de atención, olvidos frecuentes y bloqueos mentales.
Simplificar la vida cotidiana.
Suprimir algunas tareas que se programaron para el día.
Practicar técnicas de relajamiento, como control de la respiración, relajación muscular y concentración mental.
Concentrarse en una cosa por vez.
Dejar los problemas del trabajo y no “llevarlos” al hogar.
No “llevar” los problemas del hogar al trabajo.
Utilizar el sentido del humor, aprendiendo a “satirizar” la angustia.
Practicar hábitos saludables, como los ejercicios de relajación.
Acostarse más temprano, porque tener más horas de sueño da más capacidad de enfrentar las responsabilidades del día a día.
Nunca dejar de lado el desayuno y el almuerzo para aportar la energía suficiente.
Reducir el consumo de café; la cafeína es un estimulante y puede elevar el nivel de estrés.
Darse tiempo necesario para vacaciones ordinarias y ocasionales cuando se dan las oportunidades.
Dedicar espacios temporales para hobbies y aprender a ocupar el tiempo ocioso con actividades gratificantes.
Fuente: Centro de Estudios Especializado en Trastornos de Ansiedad (CEETA) de la Argentina