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Hay gente que sale a la calle con una máscara de carbón activado. Esto obedece a que el olor de simples suavizantes o colonias pueden provocarle una crisis de insuficiencia respiratoria, que vinculada al sistema nervioso central le desencadena: vértigos, mareos, migrañas, pérdida de orientación, dificultad para hablar y pensar, junto a alteraciones menstruales, excesiva fatiga, ronchas, confusión mental, estómago revuelto, malestar general e inflamación intestinal.
Le es imposible oler tabaco, productos de limpieza -sobre todo amoníacos-, lacas, tintas de las letras de periódicos, revistas y folletos, la mayoría de los papeles -más aún los reciclados por su mayor cantidad de componentes químicos que lo normal- tubos de escape y mucho más.
Por recomendación médica los pacientes portan una mascarilla y precisan productos ecológicos de aseo personal y de limpieza del hogar, comida ecológica y agua mineral.
De no cumplir con estos consejos, las personas con sensibilidad especial a los tóxicos, empeora o sufre nuevas y reiteradas crisis.
Afectan los pesticidas aplicados a alimentos, el cloro del agua, los conservantes y colorantes y las comidas enlatadas.
Todo responde a una enfermedad: el Síndrome de Sensibilidad Química Múltiple (SQM), tan mal tratada, mucho menos declarada ni bajo diagnóstico, aunque padecida en el mundo entero.
España, por ejemplo, posee por esta afección cinco millones de pacientes, es decir el 12% de su población. La forma severa es padecida por trescientos mil ciudadanos, sobre todo mujeres.
En tanto se mantenga el ritmo actual, se sumarán muchas más personas con los sufrimientos - aún simultáneos - consecuentes a la exposición a productos químicos: trastornos respiratorios, dolor torácico, abdominal, muscular y articular, cefaleas, mialgias, náuseas, entre otros.
La intensidad de los padecimientos, en demasiados casos, lleva a un real calvario, cuyo grado depende del médico tratante, el arsenal terapéutico aplicado, un buen diagnóstico y el consenso médico para su tratamiento.
Lamentablemente, casi la mayoría de los enfermos acaba recibiendo un diagnóstico de cualquier trastorno mental.
Más de 90.000 sustancias químicas están presentes en los productos que consumimos de forma habitual, forman parte de lo que comemos y de lo que bebemos. Lo que respiramos ya no se sabe lo que es.
Lo cierto es que están surgiendo patologías que perjudican a la gente porque los cuerpos reciben más carga tóxica de la que pueden soportar y reaccionan con virulencia.
La mayoría de las sustancias cotidianas jamás fueron exhaustivamente evaluadas antes de situarse en las vidas, en los hogares, lugares de trabajo, en la alimentación, en las aguas de consumo (influencia del plomo) y en el medio ambiente (efecto del mercurio).
Contaminantes, que generalmente carecen de sabor y olor y sin concentraciones altas, son un peligro real aunque sea poca la dosis que se consume en forma reiterada.
Merma la calidad de vida, se suman circunstancias tales como la infertilidad, malformaciones congénitas, trastornos de aprendizaje, alteraciones tiroideas, enfermedades endocrinas, inmunodepresión, fatiga crónica, fibromialgia (perjuicios músculo esqueléticos), hipersensibilidad química, alteraciones epigenéticas (cambios en la función y expresión en genes), cánceres, diabetes y lesiones degenerativas como Parkinson y Alzheimer (crónica que conduce a una incapacidad progresiva y deterioro cognitivo y conductual, respectivamente)
No obstante, pese a los innumerables síntomas, una gran mayoría de médicos ignora o se muestra impotente frente a la intoxicación medioambiental.
Las afecciones representan un nuevo paradigma y sin formación profesional no hay posibilidad de curación. Entonces, se recae en derivaciones a psicólogos o psiquiatras, cuando son los productos químicos tóxicos y persistentes los incitadores de inconvenientes de comportamiento o hiperactividad (en niños), envenenando los organismos, en especial el sistema nervioso central.
El mercurio, el aluminio, al amianto, el bisfenol A y otros disruptores endocrinos, el dimetilfumarato, el plomo, el cloro, pesticidas, herbicidas, formaldehídos, triclosanes, plaguicidas, aditivos, edulcorantes, colorantes, potenciadores del sabor, las radiaciones electromagnéticas de baja frecuencia -móviles, antenas, estaciones base de telefonía móvil, trasformadores y líneas eléctricas de alta tensión y Wi-Fis-, deberían ser motivo de sesiones en Parlamentos, Congresos y Ministerios de Salud.
Un dolor de cabeza crónico no siempre necesita un analgésico sino evitar que una persona trabaje ocho horas diarias junto a una fotocopiadora o computadora, al igual si duerme en una habitación recién pintada o vive en un barrio que acaba de ser fumigado.
Fuente: ASQUIFYDE Asociación estatal de afectados por los síndromes de sensibilidad química múltiple y fatiga crónica, fibromialgia y para la defensa de la salud ambiental