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La persona que consume alcohol, cocaína u otras drogas, mientras va aprendiendo a incorporar en su subconsciente una mayor necesidad de la sustancia a la que es adicta, se torna más receptiva a crear recuerdos y hábitos subconscientes con respecto a alimentos, música, personas y situaciones sociales que acompañan a la sustancia a la cual es proclive.
En el alcoholismo, se impulsan ciertas áreas cerebrales hacia un aprendizaje y una formación de recuerdos que sería mejor olvidar. Estos conceptos fueron emitidos por el neurobiólogo Hitoshi Morikawa, del Centro Waggoner para la Investigación del Alcohol y la Adicción, adscrito a la Universidad de Texas en Austin.
Beber en grandes cantidades, ya se sabe que disminuye la habilidad para retener ciertos recuerdos, por ejemplo: dónde se dejó estacionado un automóvil o el nombre de la persona con la que se compartió la última borrachera.
Pero se potencian a nivel del subconsciente otra clase de recuerdos particularmente nocivos.
Morikawa, dedujo de un estudio que encabezó, que los alcohólicos “no son adictos a la experiencia del placer o el alivio que sienten al beber”; sino que su adicción, en tanto provoca la liberación de dopamina en su cerebro, “se quedan sujetos a la constelación de señales ambientales, conductuales y fisiológica que se refuerzan con la ingesta”.
La gente suele pensar en la dopamina como un neurotransmisor de la felicidad, o del placer, aunque Morikawa argumentó que es más preciso definirla como un neurotransmisor del aprendizaje, ya que refuerza aquellas sinapsis que están activas cuando se libera la dopamina, relacionando al alcohólico con situaciones vividas que no han sido las mejores y él se vuelve más sensible al dolor al evocarlas.
Es un neurotransmisor inhibitorio, lo cual significa que cuando encuentra su camino a sus receptores, bloquea la tendencia de la neurona a dispararse.
Cuando demasiado estrés causa una disminución de la dopamina la persona pierde su “anestésico” natural.
Por otra parte, el doctor Stefan Brene del Instituto Karolinska en Estocolmo dijo: “Hemos descubierto un solo camino en común para todas las adicciones, ya sea heroína, morfina, cannabis, cocaína, anfetaminas, no importa: la ruta que se crea en el cerebro no tiene nada que ver con los efectos que causa la droga en la persona.
La adicción es algo aparte y ajena a la actividad que la ocasiona. Todas las drogas y actividades asociadas a ellas precipitan una señal química en la materia gris, que llega a la parte frontal del cerebro. Esa señal causa siempre lo mismo: el flujo de dopamina en el cerebro; en consecuencia, el adicto recurre a lo que sea para encontrar su dosis”.
Las neuronas de los adictos, abocadas a una anormal y elevada cantidad de dopamina responden defensivamente y reducen el número de receptores dopaminérgicos.
Así se explica por qué los drogadictos empiezan tomando drogas para sentirse mejor, para luego tener que consumirlas para evitar la sensación de malestar y necesitan cada vez más cantidad para lograr el mismo efecto.
En las adicciones, la dopamina actúa como un neurotransmisor tan potente que las personas, objetos, situaciones y lugares en que se consumió la droga quedan firmemente fijados en la memoria.
Se ha demostrado, asimismo, que estimulados mediante el olor a tabaco, los fumadores no pueden controlar la urgencia de fumar de forma idéntica a como los perros estudiados por Pavlov no podían dejar de salivar ante el estímulo de comida.